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10.06.2013 04:07

Mary Shelley

Vivir en la cercanía de todo,

en el temblor de las hojas,

en la herida viviente del destino.

Y acercarme,

y compartir el horror de sentirse

una materia blanda,

sin lenguaje,

un cuerpo desfigurado

por la excesiva prudencia de Dios.

El viento arrastra el vacío de los ojos,

la boca condenada,

el peso de la eternidad,

el pliegue de la vida vuelta en sentido contrario,

la resistencia de las rosas,

la estrella negra del nacimiento.

¿Por qué no gritas?

¿por qué no destruyes

los castillos de la culpa?

¿por qué no arremetes

contra mi espanto?

¿Por qué no eclipsas la visión?

Hay un lugar reservado para tu abandono.

No aguardes la venida

de lo inevitable.

 

 

09.06.2013 19:15

Dos palabras.

Esta noche al oído me has dicho dos palabras

Comunes. Dos palabras cansadas

De ser dichas. Palabras

Que de viejas son nuevas.

Dos palabras tan dulces que la luna que andaba

Filtrando entre las ramas

Se detuvo en mi boca. Tan dulces dos palabras

Que una hormiga pasea por mi cuello y no intento

Moverme para echarla.

Tan dulces dos palabras

¿Qué digo sin quererlo? ¡Oh!, ¿qué bella, la vida!?

Tan dulces y tan mansas

Que aceites olorosos sobre el cuerpo derraman.

Tan dulces y tan bellas

Que nerviosos, mis dedos,

Se mueven hacia el cielo imitando tijeras.

Oh, mis dedos quisieran

Cortar estrellas.

 

¡

08.06.2013 05:10

Demonios

 

 

Los demonios tambien leen

por ejemplo yo leo

para apaciguar a los mios.

 

07.06.2013 13:34

Dolor.

 

   

Quisiera esta tarde divina de octubre 
pasear por la orilla lejana del mar; 
que la arena de oro, y las aguas verdes, 
y los cielos puros me vieran pasar. 

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, 
como una romana, para concordar 
con las grandes olas, y las rocas muertas 
y las anchas playas que ciñen el mar. 

Con el paso lento, y los ojos fríos 
y la boca muda, dejarme llevar; 
ver cómo se rompen las olas azules 
contra los granitos y no parpadear; 
ver cómo las aves rapaces se comen 
los peces pequeños y no despertar; 
pensar que pudieran las frágiles barcas 
hundirse en las aguas y no suspirar; 
ver que se adelanta, la garganta al aire, 
el hombre más bello, no desear amar... 

Perder la mirada, distraídamente, 
perderla y que nunca la vuelva a encontrar: 
y, figura erguida, entre cielo y playa, 
sentirme el olvido perenne del mar.

 

 

 


 

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